Trayectorias de la huida

Nadie hace las maletas para huir. Es siempre un movimiento de emergencia.  Quienes huyen no tienen destino fijado pero saben que no pueden quedarse donde están. Jodier, María, Luis, Carmela, Pedro y Juana tuvieron que hacerlo. Sus nombres son ficticios pero representan los de muchas otras personas, por lo menos 60 mil -según cifras oficiales-, que abandonaron Colombia durante los últimos 20 años rumbo a Ecuador con la expectativa de salvar y rehacer su vida.

“En Buenaventura me contactaron grupos armados para que trabajara con ellos y como dije que no, me dijeron que era del otro bando… Se metieron a mi residencia, mi familia gritaba, me subieron a una camioneta y me llevaron al “Olímpico”, un estero… Me amarraron en una silla, había armas blancas, como motosierra, cuchillos, eso fue en 2014 cuando existían las casas de pique, donde lo picaban a uno coyuntura por coyuntura… Una señora llamó a la motorizada (la policía) que llegó al sitio haciendo tiros al aire. Me pude volar y de madrugada saqué ropa y me fui para Cali, y allí me hice las curaciones”.

Para Pedro* fueron 119 kilómetros de angustia entre Buenaventura y Cali, los recorrió a pesar de ser un hombre mayor y estar herido. En Cali permaneció por cuatro años hasta que volvió a recibir amenazas. Luis* también escapó de la muerte en Buenaventura, pero la primera vez fue en Nariño, su tierra natal, cuando un conocido de toda la vida le dijo que le daba media hora para irse del pueblo porque “esa era la orden”. Nada evitó que recorriera con su esposa y sus hijos 777 kilómetros de Tumaco a Buenaventura para, unos años después, ser perseguido otra vez y desandar la ruta de vuelta hacia el sur. Esta vez hasta Quito.

Estas trayectorias de huida intentan representar de manera colectiva los movimientos, siempre apremiantes, entre el territorio colombiano y el ecuatoriano de miles de personas que huyen del conflicto armado más antiguo de la región con la esperanza de encontrar del otro lado de la frontera, la protección que su país ha sido incapaz de brindar durante más de cinco décadas. Siendo una niña, Carmela recorrió con su familia las agrestes tierras del llano colombiano hasta llegar a Satinga, en el departamento de Nariño, luego de 519 kilometros. Pero allí no paró todo. Su vida está marcada por el destierro:

“Cuando yo tenía cuatro años mi familia tomó la decisión de irse porque hubo atentados e intentos de secuestro en la familia de nosotros. En esos momentos la guerrilla secuestró a dos primos y hasta ahora no sabemos si viven o mueren. La familia tomó la decisión de irse del Llano para Satinga, Nariño. Pero allí les cobraban vacuna. Después se fueron para Buenaventura. Éramos niños pero poco a poco fuimos viendo lo que era una violencia, donde mutilaban la gente. Como familia no hemos tenido un lugar para vivir dignamente en Colombia. Vivíamos con miedo y escuchando gritos de la gente. En la puerta de nosotros mataron a mucha gente. Decidimos venirnos al Ecuador porque a mi esposo lo estaban obligando a pasar cosas en la lancha y nos amenazaron. Le dijeron a mi suegra que nos iban a encontrar en una bolsa… si nos encontraban”.

Como se ve en el mapa, quienes narran estas trayectorias provienen en su mayoría del suroccidente colombiano y son casi todxs afrodescendientes: hombres jóvenes y adultos mayores solos que se salvaron de la muerte o familias completas con niñas, niños y hasta bebés recién nacidos o mujeres en embarazo. Antes de llegar a Ecuador, trabajaban como vigilantes o pescadores; tenían tiendas, restaurantes y almacenes o eran transportistas. Estudiaban en el colegio o la Universidad. 

“No éramos ricos, pero vivíamos con un trabajo algo cómodo y llegar a otra parte a sufrir todas esas cosas… sin un trabajo, que alguien te mire y esconda la cartera. Eso es muy duro y te marca para la vida. Es muy triste vivir 60 años de guerra y cada día es más complicado. Son cosas difíciles de comprender pero para quienes hemos vivido tiros y bombas… se me cortan las palabras para narrar lo que hemos vivido”. 

Escapar en Colombia representa una sucesión transgeneracional de huidas, del campo a la ciudad y de una ciudad a otra. En el caso de lxs afrocolombianxs, la experiencia y el saber histórico del cimarronaje les permiten valerse de las redes laberínticas de los ríos para ocultarse o irse (Oslender, 2017), como le tocó a Jodier desde pequeño con su mamá y luego con su esposa:

“La primera huida de mi vida fue cuando tenía 14 años. Eran las 9 de la noche y nos fuimos en una lancha abajo. Íbamos asustados hacia Itsmina, veíamos grupos armados a la orilla del río… a los 25 días asesinaron a 9 personas. Nos cambiamos los nombres, empezamos a trabajar desde cero. Teníamos una vida cómoda pero empezó la violencia en Buenaventura. Nos fuimos con mi esposa a Bahía Solano y allá nos dijeron que nos estaban buscando y otra vez nos fuimos en una canoa”.

“Me tiré al agua, salí a dos barrios más nadando y llamé a mi mujer. Ellos me disparaban y yo escuchaba los tiros debajo del agua. Me iban a picar. Me sentía inseguro y le dije a ella no sé para dónde nos vamos a ir pero que sea lejos, lejos, lejos, donde sea la frontera”.

Atravesar el sur de Colombia hasta llegar a la capital ecuatoriana implica una sucesión de movimientos arriesgados por un corredor estratégico para los grupos armados y las rentas ilegales producto del tráfico de madera, la minería y el narcotráfico. La vida está siempre en vilo a lo largo de los casi mil kilómetros que hay que recorrer desde Buenaventura, ciudad puerto en el Pacífico y principal lugar de origen de la travesía, hasta Quito, capital ecuatoriana donde deben establecerse quienes huyen de Colombia para realizar los trámites burocráticos que implica la solicitud de refugio. IGR

La vida en dónde

18 de mayo, 2020: la Corte Constitucional de Ecuador selecciona la resolución que negó medidas cautelares al colectivo de personas refugiadas colombianas (2 de agosto, 2019) en base a cuyos testimonios hemos construido este archivo. El colectivo había solicitado dichas medidas para evitar ser desalojados de albergues municipales que ocupaban en ese momento. Hoy, la Corte Constitucional debe emitir una sentencia en la que revise si la actuación del juez fue adecuada a principios y derechos constitucionales. Esta puede ser una oportunidad para que la Corte Constitucional, como el máximo órgano de justicia del país, determine los alcances de la protección a las personas refugiadas en Ecuador.